Por qué la economía compartida no es tan guay como sugiere su nombre

Xavier Canalis

Xavier Canalis

Análisis/ Pocas veces un mismo fenómeno había tenido tantos nombres diferentes. Los anglosajones fueron los primeros en hablar de “sharing economy” o “economía compartida“, aunque uno de los impulsores de este concepto, el estadounidense Neal Gorenflo, recientemente ha renegado de Uber. No es extrañar, teniendo en cuenta la mala fama que empieza a cosechar…

Y es que en los albores de esta tendencia se pensaba más en comunidades que compartirían recursos (sobre todo para limitar los impactos negativos sobre el medio ambiente) que no en compañías multinacionales valoradas en miles de millones de dólares.

Casualidad o no, las principales empresas que operan bajo el paraguas de la “sharing economy” (y las que están captando más inversiones de fondos de capital riesgo, como Uber, Airbnb, Wimdu, HomeAway o Lyft) operan en el ámbito de los viajes.

Parece como si de repente el concepto “compartir” se hubiera puesto de moda en el turismo .

Sin embargo, si por algo se caracteriza la industria turística es precisamente por un uso intensivo de sus recursos: una habitación de hotel tiene una rotación de huéspedes mucho más alta que cualquier segunda residencia; del mismo modo que un coche de alquiler circula casi de manera constante frente al vehículo particular que pasa miles de horas encerrado en el garaje, etc.

P2P, C2C, consumo colaborativo…

También en el mundo anglosajón -y para referirse a lo mismo- suele utilizarse la expresión P2P o “peer to peer”, o “de igual a igual”, expresión que nació a finales de la década de 1990 para identificar los programas informáticos, por ejemploNapster, que permitían compartir música o películas vía internet.

Y en la misma línea, igualmente se utilizan las siglas C2C o “consumer to consumer”, que sirven para identificar aquellos negocios intermediarios cuyo cometido es facilitar la comercialización de productos y servicios entre particulares (por ejemplo, eBay).

En España y buena parte de Latinoamérica se ha comenzado a emplear el término “consumo colaborativo” o bien “economía colaborativa”. En la Wikipedia se define este concepto como “un sistema económico en el que se comparten y se intercambian bienes y servicios a través de plataformas digitales”.

Pero la cosa no acaba aquí. A medida que la “sharing economy” se hace más popular -y surgen dudas acerca de cómo tributa a nivel fiscal- numerosos expertos en EEUU y la Unión Europea consideran que bajo este fenómeno hay en realidad mucha“shadow economy”. Es decir, la economía que se oculta entre las sombras y no paga impuestos, aprovechando las lagunas legales del sistema.

Y por si no había suficientes nombres, las publicaciones económicas cada vez hablan más de “On-Demand Economy”, o “economía bajo demanda” o “a la carta” que sería una continuación de la “sharing economy”.

Es aquella impulsada por plataformas intermediarias que, a través de apps instaladas en el smartphone, ponen en contacto clientes con pequeños negocios independientes o trabajadores autónomos que se encargan de realizar los diferentes trabajos solicitados: sea cambiar una instalación eléctrica, pintar una pared, llevar a un pasajero en coche o reservar un viaje personalizado.

economia compartida

¿Retroceso de conquistas sociales?

Sin embargo, “los análisis económicos de las llamadas empresas de servicios compartidos, como Uber y Airbnb, indican que, si bien proporcionan beneficios a los inversores privados, es posible que estén empobreciendo a las comunidades en las que operan“, explica el ensayista estadounidense Nicholass Carr en el artículo La ilusión de Sillicon Valley publicado en El País.

Es más, este tipo de empresas estarían erosionando las bases de la socialdemocracia y el Estado del Bienestar, según advierte Evgeny Morozov, editor asociado en New Republic y autor de “La locura del solucionismo tecnológico” (Katz / Clave Intelectual), que se publicará en España el 10 de noviembre.

“Uber recurre al carácter extraordinario de la tecnología digital y de la información para justificar sus prácticas de empleo draconianas, mucho más propias del capitalismo anterior a la aparición de la socialdemocracia. No son más que una “empresa tecnológica”, alegan. Da igual que a sus conductores los vigilen y los presionen de forma agresiva mucho más que a los trabajadores de una fábrica taylorista de la década de 1920. Estos conductores ni siquiera tienen un contrato oficial. Con tanta gente en el paro y con problemas para ganarse la vida, Uber tiene la seguridad de que siempre habrá alguien en algún sitio dispuesto a conducir un coche, aunque sólo sea durante unas horas”, ver Silicon Valley contra la socialdemocracia.

De hecho, y según apuntaba The Economist hace unos meses, esta “economía compartida bajo demanda” está eclosionando gracias a las nuevas tecnologías y a los nuevos hábitos de consumo, pero también gracias a la existencia de una gran masa de trabajadores disponibles en Estados Unidos y Europa, que deben buscarse la vida por su cuenta pues ya no están bajo el amparo de grandes empresas como ocurría hace unas décadas. ¿Vamos hacia la “uberificación” de la economía y el empleo?

Por cierto, si están interesados en la economía compartida, no se pierdan el tema de portada de la revista HOSTELTUR de noviembre, donde analizamos a fondo este fenómeno y cómo está afectando al sector turístico. Pueden descargar el informe completo a través de este enlace.